"Si algo no resulta lógico, perdón de mi cabeza"

jueves, octubre 27, 2005

Daniel y Mónica

Tras la pausa, prosigo con lo que quería contar.

Entre La Serena y Las Compañías -que es donde vivo-, en el camino del puente El Libertador, hay una animita que es un punto de referencia del sector. Desde que llegué a vivir acá –a la tierna edad de 14 años-, siempre me intrigó esa casita al costado de la ruta.

Poco a poco, fui conociendo algunos detalles: se trataba de un niño de edad incierta, que había muerto tras ser arrollado por una micro. Sabía que su familia también vivía en Las Compañías y que constantemente visitaba su animita, una casita blanca de cemento y de techo color ladrillo, del tamaño de una de juguete. Supe también que alguna vez un auto chocó contra el memorial y consiguió averiarlo. Otro dato empírico es la devoción de los automovilistas, especialmente los de la locomoción colectiva, que mayoritariamente le expresan sus respetos con bocinazos o venias.

El dato más importante era el nombre del niño: Daniel, eternizado en la pubertad gracias a una fotografía que sus parientes dejaron dentro de la animita. Sin mentir, pasé todos estos años pensando qué sería de ese chico si hubiese seguido con vida. Si habría estudiado o trabajado, si se llevaría bien con sus padres si coincidiríamos en la micro o el colectivo...

En agosto, hablé con el editor de reportajes y le propuse hacer una crónica sobre las animitas más queridas de la zona. Sabía que la de Daniel tenía que ir sí o sí. Hace un mes puse manos a la obra y empecé por los archivos de prensa.

Supe que murió en enero del `89 y que su deceso interrumpió la pauta noticiosa, concentrada en el naipe electoral que definiría a quienes participarían en las primeras elecciones presidenciales y parlamentarias desde 1973. Supe que Daniel Oliver tenía 13 años y que su padre declaró a la prensa que su hijo “tenía un futuro brillante”. Supe también que le encantaba el fútbol y militaba en CD Regional Atacama. Y supe que lo atropelló un microbusero, contra el que se entablaron querellas.

Le comenté las pesquisas a un colega que trabajó hace muchos años en El Día y me dio un dato sobre sus familiares: la madre tiene un kiosko de diarios y revistas en el centro de La Serena y su hermana, Mónica, es suplementera y trabaja en Las Compañías, en la esquina más transitada del sector.

Y, en este punto, ocurre algo que pone en duda que las casualidades sean producto del azar: Mónica es la chica que vende diarios en calle Nicaragua con Avenida Islón, la misma que me llama la atención desde hace varios años. Curioso, siempre me impresionó verla allí, con su belleza tan como fuera de lugar, rellenita, rubia tinturada y de sonrisa coqueta, cautivando a los viejos verdes que le compran el periódico farandulero.

También he invertido harto tiempo inventando historias para justificar su –para mí- extraña presencia.

Ayer, por fin, me atreví a conversar con ella, con miedo de que me mandara a la mismísima mierda por husmear en sus recuerdos. Contra todo pronóstico, accedió a contarme, sonriente y prosiguiendo la venta de diarios. Y no se crea que los recuerdos no le dolieran: tenía los ojos húmedos y trataba de contener pucheros. No, se trata de una pena, un dolor limpio, puro y sin rencor.

Cuenta que sus padres quedaron devastados tras la muerte de Oliver –así lo llamaban en la casa, para no confundirlo con el papá homónimo-, que se recriminaron mutuamente por lo sucedido. Que se separaron y que ella se quedó con la madre en La Serena, mientras Daniel padre, en el norte, se “cayó a la botella” y prácticamente se desentendió de ambas. Que a Mónica madre le faltó demasiado ese hijo que la defendía de las descalificaciones del padre, le daba ánimos y le decía que siempre debía ser como él la miraba, rubia y feliz.

Mónica hija dice que al principio no lo notó, pero con los años se dio cuenta que le faltaba su hermano, para que peleara con ella, la defendiera y le prohibiera cosas que de todas maneras ella iba a hacer. Ahora, con 5 meses de embarazo –ella dice que será hombre y que al acariciar su panza siente que debe llamar al bebé como su hermano-, cuenta que no eligió la esquina al azar.

Su intención es encontrarse con el Pilo, el chofer que mató a su hermano. Dice que le ha mandado recados con otros colegas, pero que se niega a encararla. Pregunté qué es lo que quiere conseguir. Y ella, acariciándose la panza, explica que -aunque no sepa cómo va a reaccionar cuando sea el cara a cara-, sólo quiere saber si Daniel sufrió mucho o si dejó algún recado para las Mónicas.

4 Comments:

Blogger Juan Antonio Bermúdez said...

Me ha emocionado tanto esta historia. Me ha emocionado tanto tu forma de contarla.

4:22 p. m.

 
Blogger Loruka said...

Qué bueno que te haya gustado. Sucede que esa historia es muy bonita. Me impactó mucho Mónica, como aprendió a llevar esta pena. Ella tenía sólo 9 años cuando murió Oliver y han pasado 16 años desde entonces. Sin considerar que indirectamnente estábamos los 3 relacionados...

A todo esto, el domingo salió publicado este reportaje y eso me tiene muy contenta.

6:05 p. m.

 
Blogger Juan Antonio Bermúdez said...

¿Sería posible leerlo por alguna vía teniendo en cuenta que me cae un poco lejos el quiosco de periódicos de Mónica?

10:45 a. m.

 
Blogger Loruka said...

Mmmm... Creo que lo subiré, aunque debo recuperar las fotos primero. Vale por tu interés :)

10:42 a. m.

 

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