"Si algo no resulta lógico, perdón de mi cabeza"

sábado, noviembre 12, 2005

Animitas: Fe al costado del camino

A través de los memoriales callejeros es posible seguir el triste itinerario de la muerte en la vía pública. Siguiéndolo, El Día se internó por las calles de la zona, encontrando ruina e indiferencia en estas casitas, pero también relatos que continúan desangrándose en la ruta. A días de la conmemoración de todos los difuntos, algunas historias de almas que lograron imponerse al sueño eterno.

Por Lorena Muñoz Zapata
Diario El Día

Octubre 2005

El ritual es sagrado. Persignarse. Tocar un sutil bocinazo. O hacer una venia con la cabeza. Hace casi una década, Daniel se desempeña como chofer de colectivos. Afirma que ya ha perdido la cuenta de cuántas veces ha circulado entre La Serena y Las Compañías en este tiempo.

De lo que sí tiene certeza es que en cada viaje presenta sus respetos a Daniel. El conductor ignora que si viviera, su tocayo tendría 28 años. Y desconoce que era un chico brillante, de futuro prometedor y que su vida se truncó bajo las ruedas de una micro, en el verano de 1989.

“Hay muchas animitas en el camino, pero la de él es especial. Dicen que es muy milagrosa y yo le tengo respeto, porque cuando Danielito murió, apenas era un niño”, cuenta.

Las calles, caminos y rutas de Chile están plagados de animitas, marcando el doloroso itinerario que la muerte traza en la vía pública. “Si el deceso es trágico, inesperado o violento, la gente –no necesariamente familiares del difunto- construye animitas. Porque el sitio queda marcado por esta situación y se quiere marcar ese lugar para ayudar al ánima a superar el evento”, explica a diario El Día la académica del Instituto de Estética de la Pontificia Universidad Católica (PUC), Claudia Lira.

Instintivamente, la comunidad erige estos homenajes arquitectónicos a fin de honrar a un alma que pierde la vida cruelmente o en plena inocencia. Casos como los de Andrea Villa –asesinada en 1993 por Marcelo Tobar, el psicópata de Coquimbo- y María Teresa Campusano –muerta a los 8 años por Gustavo Justo, en la Pampilla, en 1989- están dentro de los referentes locales de este rito.

Pero no sólo los inocentes acceden a este honor. Algunos acusados de crímenes atroces, como el Chacal de Nahueltoro, son absueltos por la voluntad popular, que los honra con estos memoriales. Así, si la muerte hubiera sorprendido a Pedro Navaja en Chile y no en algún perdido callejón de Centroamérica, tal vez habría una animita en la esquina del viejo bar.

No todas sobreviven al tiempo y el olvido. Según explica Lira –autora del libro “El rumor de las casitas vacías”, centrado en este fenómeno-, la gente jerarquiza y “santifica” a algunos muertos.

“Por eso, las personas generalmente van a pedirle algo y ahí empieza a haber una consecuencia de ese hecho: Hay un pequeño milagro, después otro y se empieza a ver ofrendas, transformándose en un santo popular. Es como si no existiera una separación radical entre la vida y la muerte, con lo que se produce un diálogo cotidiano y directo, que acerca a Dios”, manifiesta.

Diario El Día se internó por carreteras y barrios de la zona, buscando las animitas más queridas por la comunidad. En este recorrido, encontramos devastadas viviendas en miniatura, flores marchitas, restos de velas e indiferencia; pero también conmovedoras historias que aún se desangran a la vera del camino, en precarias casitas de bloque, latón o cemento. A pocos días de la conmemoración de todos los difuntos, un homenaje a nuestras ánimas que lograron sobreponerse al olvido, la rutina y la mismísima muerte.

MILAGROS
EN AZUL

La bandera flamea al aire. Azul, desafiante, ganadora. Flanqueada por un par de camisetas descoloridas –que alguna vez también fueron del mismo color que el emblema- y anudadas. Es que para José (13) y Luis (14), el fútbol, más que una pasión, era un sentimiento que tenía el mismo matiz que la camiseta de la Universidad de Chile, el equipo de sus amores.

Nadie sabe a ciencia cierta de qué hablaban cuando acompañaban a su amigo Emilio al almacén de la localidad de Gabriela. Sólo que todo ocurrió muy rápido. Una celebración que se extendió más de la cuenta. Demasiado alcohol en el cuerpo. Un conductor ebrio que perdió el control, kilómetros antes de Las Rojas. Gritos de niños en la noche y el fin de la vida de dos chicos al costado del camino.

Ahora, en ese punto, una animita doble recuerda a estos adolescentes que tenían la vida por delante y que hoy son considerados ángeles guardianes por sus familias y vecinos.

Han transcurrido casi nueve años de esa negra Navidad y la pena continúa intacta. Infinita. Pese a que Verónica Barraza y Ramón Montenegro, los padres de Luis, evitan hablar del tema, es evidente que la presencia de su hijo es tan cotidiana como si aún viviera con ellos. La visita al cementerio es sagrada todos los domingos y las flores y velas se renuevan constantemente, ya que Verónica pasa a diario por la animita, cuando regresa de dejar a sus otros niños en el colegio.

Para quienes transitan habitualmente por la ruta D-41, que une La Serena con Vicuña, el memorial de los muchachos es un punto de referencia en ese trayecto, donde la mayoría de los automovilistas tocan la bocina y más de alguno se detiene a dejar una ofrenda, dar las gracias o pedir ansiosamente una intervención en el cielo.

Dicen que la animita de Luis y José es prodigiosa. “Cuando viajo en colectivo, algunas personas me cuentan que les han pedido algo a los niños y que ellos le han hecho milagros. No me cuentan más y es mejor que sea así, porque para mí es duro saber detalles”, cuenta Verónica.

Los parientes de los chicos requieren de un milagro que no depende de sus niños sino que de la justicia. Los tribunales sentenciaron al conductor que atropelló a Luis y José a pagar una indemnización de $14 millones a las familias; sin embargo, el culpable ha evadido su responsabilidad y, según cuenta Ramón Montenegro, incluso se ha mofado de los deudos, asegurando que no pagará nada. Los padres saben que el dinero no revivirá a sus hijos, pero exigen que se expíe de alguna manera las vidas truncadas.

PLATO
FRÍO

Un cadáver de bruces sobre un cactus, hallado por una mujer en las inmediaciones del antiguo lazareto de Coquimbo durante los primeros días de 1913.

Las pesquisas policiales permitieron establecer que el bestial ataque –que dejó como saldo varias heridas en el cuerpo y la cabeza destrozada por múltiples golpes con piedras-, no fue perpetrado para robar, ya que el cuerpo conservaba diversos objetos de valor.

Así, la revancha fue la tesis que más se ajustaba a los hechos y la imaginería popular no tardó en hacer lo suyo.

Según ha establecido el historiador regional Pedro Álvarez en el libro “Tradiciones y Episodios de Coquimbo”, el infortunado –un próspero contratista minero, que vino a la zona a pagar una manda a la Virgen de Andacollo- fue ajusticiado tras una intensa noche de juerga. Hacía algunos años, había seducido a una mujer, que había abandonado casa y esposo por seguirlo al norte.

Tiempo después, en el fragor de una parranda, el burlado marido habría reconocido el regreso del seductor. Y como la venganza es un plato que se come frío, decidió cobrarle las cuentas pendientes a estocadas.

Nunca se pudo establecer la identidad del occiso y, mucho menos, la de su victimario. Los vecinos más piadosos levantaron una pequeña ermita en el lugar del hallazgo. En un apuro, alguien solicitó un favor que fue concedido y se prendieron velas en señal de agradecimiento.

Tras el milagro, fue creciendo la devoción. A falta de nombre para designar al finado, se llamó al monumento como “ánima de Quisco”. Actualmente, el memorial se conserva en óptimas condiciones y su fama se ha extendido a tal nivel, que incluso nomina a un importante sector de la Parte Alta. Allí el alma del desafortunado casanova despierta casi tanta devoción como la Cruz del Tercer Milenio, el emblema religioso de Coquimbo.


CHICO DE
MI BARRIO

En cinco días más, Francisco Alday Concha (17) cumpliría con uno de sus sueños más anhelados: Vestirse con la camiseta de Coquimbo Unido. Aunque era un fanático encarnizado de la Universidad de Chile, la aspiración de Panchito era dedicarse al fútbol profesional y una oportunidad en el club pirata era un excelente trampolín para sus planes.

Sin embargo, el destino quiso otra cosa. Y le salió al encuentro la tarde del 31 de mayo de 2001, cerca de las 15:00 horas, cuando estaba reunido con sus amigos de toda la vida donde siempre, en la esquina de México y Las Rozas, en Las Compañías.

Entonces, la tragedia: Tres muchachos se acercaron al grupo y uno de ellos le disparó al futbolista estrella de Unión Libertad –el equipo del sector- con una escopeta hechiza. A las 18:00 horas, Panchito murió en el Hospital de La Serena.

Conmocionados por la pérdida, el grupo de amigos inició la construcción de la animita por instinto. Nadie en el barrio tiene certeza respecto a cómo se consiguieron los primeros ladrillos o quién trajo las velas; sólo se sabe que ésa fue una de las noches más largas y tristes que se recuerde en el barrio.

Hoy, los muchachos mantienen la costumbre de juntarse a pasar el rato en la esquina. Y aunque a Pancho recurren cuando tienen algún problema o necesidad, no han podido resolver los conflictos con quienes desconfían de esas reuniones masivas. “La gente nos mira feo, creen que venimos a tomar, a drogarnos o a tratar de robar. Pero no le hacemos mal a nadie”, explica uno de los chicos a condición de anonimato.

Pese a las sospechas, varios en el barrio aseguran que Francisco ayuda con pequeños milagros. “Cuando estoy cesante, le pido ayuda y siempre consigo ‘pega’”, asegura Alejandro. Otros, en tanto, creen que la construcción de una comisaría -en la misma cancha donde Pancho se lucía los fines de semana-, puede ser un indicio de que, tal vez, el futbolista intercede por los del barrio desde el más allá.

MILAGROSO Y
DESCONOCIDO

“Algunos dicen que se trataría de un náufrago del Itata. Otros dicen que iba de “pavito” en otro barco, que enfermó en tierra y que la tripulación tuvo que dejarlo para continuar en viaje. Según dice la gente, murió aquí y fue enterrado sin que nadie supiera jamás su nombre”, cuenta sobre la Animita Desconocida Nolfa Rivera, que trabaja hace algo más de dos décadas en el Cementerio Municipal de Coquimbo.

Nunca se ha podido esclarecer a quien se honra en ese memorial. Aralio González, administrador del campo santo, sostiene que lo más probable es que esos restos correspondan a algún pasajero de la siniestrada embarcación Itata, que se hundió en la bahía de Coquimbo en agoto de 1922.

“En esa época, trajeron varios cuerpos al cementerio. Es difícil saber las identidades, porque no siempre se llevaba registro, pero está claro que en este caso se trató de un NN”, asegura.

De lo que sí hay certezas es que la Animita Desconocida –como la conoce la comunidad- es una de las más milagrosas del puerto. Se desconoce cuando se cumplió el primer prodigio, aunque los trabajadores del cementerio estiman que la primera plaquita de agradecimiento llegó a mediados de los años `50.

Como el espacio en torno al ataúd se hizo pequeño, los creyentes pusieron manos a la obra y levantaron tres casitas de concreto detrás del nicho. Otros agasajan al supuesto náufrago con velas, equecos, peluches y alcancías de plástico. Regalos que incluyen cartas que claman soluciones para las notas rojas y el mal de amores. Y, por supuesto, las decenas de placas de agradecimiento que intentan confortar el alma de un NN que encontró una identidad sólo en los milagros de su propia muerte.

RECUERDO
DIARIO

En enero de 1989, la política ocupaba un amplio espacio en la prensa, porque se elegiría por primera vez presidente de la república y parlamentarios desde 1973.

Sin embargo, un trágico suceso local desvió la atención del naipe electoral a mediados de mes: La muerte del niño Daniel Oliver Órdenes Barrios, quien fue arrollado por un microbús cuando se trasladaba desde La Serena a Las Compañías en bicicleta.

A los doce años, era el orgullo de su familia. Descrito por su padre como “un niño inteligente, muy correcto, con gran futuro a pesar de su corta edad”, Daniel cursaba octavo básico, tenía la primera licencia de su curso y pertenecía a las divisiones inferiores del Club Deportivo Regional Atacama, de Copiapó. La muerte lo sorprendió en plenas vacaciones, cuando disfrutaba de un verano que sería el inicio de su nueva vida en La Serena, donde se había radicado –junto a su madre y hermana- hacía algunos días.

Mientras sus padres entablaban acciones legales en contra del microbusero, la comunidad construyó una animita en el sitio de la tragedia, al costado del camino del Puente El Libertador, a unos metros del campamento gitano. Hoy, una imponente construcción de paredes blancas y techo color ladrillo recuerda al niño.

“Yo no creo mucho en esas cosas, pero siempre me cuentan que Oliver los ayudó con un milagro. Choferes, pasajeros e incluso en el supermercado, hay gente que me reconoce y se acerca”, relata la hermana menor de Daniel, Mónica.

La muchacha es madre de dos hijos, Daniel y Catalina, y tiene cinco meses de embarazo. Sabe que espera otro niño, al que le pondrá Oliver, que es como lo llamaban en casa, para no confundirlo con el progenitor de igual nombre. “Me toco la guatita y siento que debo ponerle así”, manifiesta

Mónica –que trabaja como suplementera en Las Compañías- recuerda con un dolor limpio y sin rencor el deceso del muchacho, las preguntas que quedaron sin respuesta, la devastación de sus padres y las duras pruebas que debió enfrentar la familia después de la muerte de Oliver, como lo llamaban en casa.

Hace seis años, la muchacha vende diarios en la intersección de Nicaragua y Avenida Islón, al costado de un servicentro. Y explica que la elección de esta esquina no es azarosa.

“Yo vine a trabajar acá con la intención de encontrarme con el chofer que lo atropelló. Le he mandado a decir con conocidos suyos que quiero hablar con él, pero no me ha hecho caso. No quiero reclamarle, porque creo que ahora puedo entenderlo; pero quiero saber qué dijo Oliver, si sufrió mucho. Aunque, en realidad, no sé como reaccionaría si lo viera”, sostiene Mónica.

Tal vez como si intentaran expiar de algún modo la culpa de su colega, la mayoría de los conductores de micros y colectivos presentan sus respetos a la animita de Daniel, cada vez que van o vuelven de Las Compañías. Con emoción, la suplementera recuerda que el pasado el 19 de julio, a cierta hora, los choferes tocaron al unísono sus bocinas, a fin de saludar al muchacho que hubiera cumplido 28 años esa jornada.

Y aunque muchos no crean, tal vez ése es el gran milagro, no sólo de Daniel, Pancho, Luis o de un náufrago desconocido, sino que de todas las animitas: Que su recuerdo permanezca en la comunidad. Pese a los años, la muerte y el olvido.

Recuadro:

ESTÉTICA
DE LA FE

Existen varias estructuras utilizadas para la construcción de animitas. La más común es la que representa una casa y que se relaciona con el hogar que se le quiere dar al ánima para evitar que vague. Esta residencia admite variantes regionales: En el norte, las paredes son de latón, mientras que en el sur se utiliza madera para el techo.

Algunas se vinculan con la religión, con iglesias y grutas como prototipo básico, mientras que otras adoptan formas relacionadas con el oficio o afición de quien homenajean. .

Las ofrendas más tradicionales son velas, flores y a veces, monedas. “Pero de ahí hacia allá –y eso es lo interesante- están las típicas placas de agradecimiento y todo tipo de ofrendas. Todo es válido, porque lo importante es que la persona pueda expresar a través de algo que pueda dejar, incluso si es hecho por sus propias manos”, asegura Claudia Lira.

2 Comments:

Blogger Juan Antonio Bermúdez said...

por cierto, con tanto derroche de ciberadmiración en el otro post, no me había dado cuenta de que has publicado tu reportaje. me lo copio para leerlo más tranquilamente y ya te comento.

7:15 p. m.

 
Blogger Orlita Romero Gómez said...

visita la animita blogger.
Orlita.

9:39 p. m.

 

Publicar un comentario

<< Home

adopt your own virtual pet!