Ya no está más
Hace nueve días murió mi mamá. Su muerte fue inesperada: venía viajando desde Calama, del funeral de una prima. Se bajó del bus en el cruce de la Compañía Baja, seguro con la intención de tomar locomoción y llegar más temprano a la casa. Tuvo tiempo de hacerles "chaos" a sus hermanos -que seguían el viaje hasta Ovalle- y sólo alcanzó a cruzar la carretera. Se sintió mal y luego se desvaneció.
Según el certificado de defunción, mi mamá falleció a causa de un tromboembolismo pulmonar. La misma causa que arrojó la autopsia de mi prima de Calama. Un coágulo le obstruyó las vías respiratoria y nos dejó huérfanas de veras.
Sólo el domingo pudimos empezar a velarla. Como murió en la vía pública y no tenía antecedentes de enfermedades previas, llevaron su cuerpo a la morgue. A mí me tocó vestirla y aunque siento que me hizo bien hacerlo porque pude despedirme de ella, es un dolor que no le doy a nadie.
Desde entonces, todo pasa tan rápido. Y he sentido tanta pena, rabia, incredulidad. Todo lo que pueda escribir aquí es inútil para explicar esta pérdida. Por algunas razones que son obvias y por otras que tal vez explique más adelante, mi mamá es la persona que más quiero en el mundo y me duele tanto pensar que ya no puedo abrazarla, que no puedo verla. Mi papá -el mismo de quien hablé en el post anterior- está deshecho y ahora me duele más mi relación con él. Tal vez sea hora de empezar un nuevo trato...
Estos días han sido confusos. Hoy me toca empezar a trabajar y mis hermanas deben retomar sus clases. No tenía ganas de venir. Pero debo hacerlo, pese al susto que tengo. Mi hermana menor tiene 14 años y voy a tener que hacerme cargo de ella. Me da miedo hacerlo mal. Me da susto mi genio de mierda, mi fragilidad. A ratos, pienso que todo está controlado, pero basta un recuerdo, una situación, una referencia, un olor y hasta un sabor para sentir las mismas ganas de llorar de hace nueve días.
Recuerdo la última vez que la vi: el miércoles 16 de agosto, minutos antes de las 24:00 horas. Fui a dejarla al bus que partía a Calama. No me fui hasta que la máquina se fue. Me miraba desde la ventana y yo trataba de hacerla sonreír, porque iba desolada por la muerte de mi prima. No sé por qué, pero en un instante pensé que se podía morir. No ahora. Algún día. Y pensé que me iba a volver loca de dolor y pena.
Ahora, no tengo muy claro qué voy a hacer sin mi mamá -he pensado absurdas vías de escape-, ni de dónde voy a sacar fuerzas para seguir, ni cómo me las voy a arreglar desde ahora.
Sólo sé que me duele mucho.